Abuelas de Plaza de Mayo comparten sobre 36 años de lucha por los derechos humanos

En su presentación de Estela Barnes de Carlotto y Buscarita Roa, la Embajadora Argentina Cecilia Nahón dijo de estas abuelas, “son dos ejemplos emblemáticos de las luchas por los derechos humanos en Argentina, la región y el mundo”. Las Abuelas de la Plaza de Mayo han sido nominadas seis veces por el Premio Nobel de la Paz.

Lo siguiente es el texto de su conferencia magistral compartida, que dio inicio al Congreso Latinoamericano sobre Democracia y Dictadura, celebrado en Cornell University el 27 y 28 de septiembre de 2013.


 

ESTELA BARNES DE CARLOTTO

Muy buenas tardes, queridos amigos, muy felices están todas las abuelas, de estar en esta tan importante universidad.

Nos entusiasma muchísimo el tema de democracia y dictadura porque es de interés de todo Latinoamérica. Y como todo está globalizado hoy en día, creo que también que es de interés del mundo.

Nosotros tuvimos una dictadura cívico militar desde del 24 de marzo de 1976 hasta el año 1983.

Pero para entender bien el panorama sociopolítico del Argentina, tenemos que recordar que desde de 1930 tuvimos una dictadura cívico militar en nuestro país. Quiere decir que las personas que tenemos nuestra edad -yo nací en 1930- crecimos y fuimos educadas en dictaduras.

La prensa monopólica que todavía hoy tenemos, desgraciadamente, era parte de la información y desinformación de estos hechos políticos.

Yo me recuerdo mi infancia, cuando tenía que ir a la escuela, pero la mañana, se escuchaba una marcha militar en la radio. No había televisión. Escuchamos el comunicado número uno y los militares en el poder desalojando el gobernante elegido por el voto constitucional.

Recuerdo que mi papá decidía, entonces, no trabajar, y nosotros, los hijos, tampoco íbamos a la escuela. Y al día siguiente, como si nada, nuestra vida continuaba.

Por supuesto, había movimientos de protesta sobre todo, en los estudiantes, en las universidades, y en la clase obrera.

La dictadura siempre estaba apoyada por la clase rica, o sea la oligarquía, y por todos aquellos que tenían un interés personal. Los libros de historia estaban incompletos. Había páginas en blanco, porque esto no se contaba.

Hubo golpe cruento en el año 1955. Pasó la usurpación por bombardeo a la Plaza de Mayo, la plaza principal de nuestro Buenos Aires.

Murieron centenares de personas por estos bombardeos. Personas que iban a sus trabajos, unos niños que iban en un ómnibus escolar. Y al día siguiente no hubo protestas de las familias de estas víctimas.

Yo estaba de acuerdo con estas medidas ilegales, porque la educación que había recibido era para hacerme pensar que estaba bien, que no era ilegal.

Yo tenía 25 años. Tenía a mi primer hija Laura en mis brazos, y festejé las muertes. Esto lo digo porque mi mea culpa es que si hubiese salido junto con el pueblo a repudiar esa dictadura, mi hija Laura estaría viva. Eso es una reflexión para aquellos en cualquier país del mundo que justifiquen la muerte.

En 1976 Laura y mis tres hijos mayores eran parte de una lucha estudiantil.

Cuando comienza la represión de esta última dictadura, los padres en general teníamos terror y queríamos desalentar lo que hacían nuestros hijos. Por amor queríamos que no se repitiera la misma historia que habíamos vividos nosotras.

Nos preguntan a veces cómo las abuelas podemos estar 36 años en esta lucha. Estamos – estoy, porque Laura y sus 30 mil compañeros nos dieron un ejemplo de valor. Seguimos buscando respuestas para lo que hizo esa dictadura. Es un compromiso que hemos asumido para toda la vida.

Durante esa época se crearon en Argentina más de 360 centros clandestinos de detención. Allí ponían los prisioneros de todas las edades y condiciones sociales. Allí eran torturados para sacarles información y luego asesinados y sus cuerpos desaparecidos.

Cuando entre las víctimas encontraban a una joven embarazada, se la dejaba vivir hasta que naciera su bebé en ese lugar.

Estas dos generaciones son las que estamos buscando las abuelas de la Plaza de Mayo. Nuestros hijos y nuestros nietitos nacidos en cautiverio.

Tenemos la perseverancia por la necesidad de saber la verdad, tener memoria y poder obtener justicia.

Nacimos solas con miedo, peligro, desconocimiento. Nos fuimos encontrando, y formamos un grupo indestructible. Por esa unidad hemos logrado encontrar a 109 nietos.

Algunas todavía no hemos tenido la felicidad de encontrarlos, mientras otras sí los han podido abrazar y contarles sobre la verdadera historia.

Hay mucho más para contar, son 36 años. Pero estamos acá para compartir ideas de cómo conseguir la paz.

No podemos decir que vivimos en paz si sabemos que hay niños que se mueren por hambre, por enfermedad, que hay países ricos empobrecidos, y que esa riqueza se las llevan los que dicen ser democráticos.

Por eso agradezco, en mi nombre y en nombre de todas las abuelas, el poder conocernos, mirarnos a los ojos, y saber que de acá van a salir seguramente, magníficas ideas.

Para terminar, quiero decirles que esta dictadura fue la que puso en práctica un plan sistemático de robo de bebés.

Después de nacer el niño en esos lugares de detención, se lo quitaban de nuestras hijas, y a ellas las asesinaban.

No conocemos, las abuelas, otro país del mundo, aún en guerras convencionales, que se haya puesto en práctica esta aberrante situación, el robo de bebés por razones políticas. Esto no debe volver a repetirse.

Por eso voy a concluir con una frase muy cortita que nace en Argentina: Nunca más. Gracias.

BUSCARITA ROA:

Buenas tardes a todos y a todas, gracias por recibirnos en su casa.

Yo soy chilena, y hace 38 años que vivo en Argentina.

Me ha tocado a vivir dos dictaduras, la de Chile y la de Argentina. Mi hijo era un estudiante y un participante político en Chile. Sufrió un accidente ferroviario a los 16 años. El tren a él le cortó las dos piernas.

Fue a Argentina para hacer un tratamiento de rehabilitación para ponerse piernas ortopédicas. En Argentina siguió militando en un centro de rehabilitación para personas incapacitadas y desgraciadamente también participó, bueno felizmente participó en política, pero desgraciadamente desapareció.

De esta fecha, el 28 de noviembre de 1978, estoy participando en la Asociación Cívica Abuelas de la Plaza de Mayo, buscando los restos de él, de mi nuera, y buscando a mi nietita que se la habían llevado con ellos a los ocho meses de edad.

Sigo trabajando con las Abuelas de la Plaza de Mayo acompañándolas, aunque yo encontré la mía cuando ella tenía 22 años, hace 13 años.

Yo tuve la suerte de poder encontrar a mi nieta. No todas las abuelas han tenido esta suerte, pero encontrar a los nietos es lo más hermoso que nos puede pasar en esta organización en la que estamos trabajando.

Para poder encontrar a los nietos, las abuelas tenemos un banco nacional de datos genéticos, donde tenemos la sangre de los familiares que quedamos vivos, para poder hacer la prueba de ADN de estos jóvenes, que ya no son niños.

Tenemos casi cuatro décadas buscando a los nietos. Hemos encontrado a 109 que ya son adultos y están felices por haber recuperado su verdadera identidad.

No es fácil para ellos recuperar la identidad. Porque se han criado con una familia que no les pertenecía. Fueron apropiados la mayoría por personas que pertenecían a las Fuerzas Armadas. Después de matar a sus padres, estos niños eran entregados o repartidos entre los militares para ser criados como hijos propios.

Por supuesto que eran adopciones ilegales. Ni siquiera eran adopciones, sino que eran robos de bebés.

Mi nieta fue criada con una familia de un coronel, que la sacaron del centro clandestino donde estaba con sus padres y se la llevaron a su casa para criarla como hija propia, cambiándole su verdadera identidad.

Ella por supuesto tenía un nombre y un apellido, de su familia biológica. Se llamaba Claudia Victoria Poblete Hlaczik, pero el coronel le puso Mercedes Beatriz Landa Moreira, era el apellido de esa familia. Se crió con este nombre hasta los 22 años cuando las abuelas pudimos restituirla y darle su verdadera identidad, que ella conociera su identidad y supiera quién era.

No ha sido fácil. Imagínense que una jovencita, a los 22 años, se entere que no es hija de la familia que la crió. Para ellos es duro y difícil.

Pero al pasar el tiempo, se va dando cuenta que lo mejor que le pasó en la vida fue saber quién es. Ella me ha dicho, “Gracias, abuela, por buscarme”.

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